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Mariela Vazquez
Stroeder - Argentina
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Soy docente jubilada. Me fascinan las personas.Me gusta escribir y pintar. Pero no cambio por nada del mundo unos buenos mates junto a una charla interesante, filosofando sobre la vida que nos toca vivir. Naci un 12 de Noviembre de 1966... Tengo tres hijos, un nieto y una nieta que son mi luz
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Últimos comentarios de este Blog

22/03/15 | 11:44: Victoria dice:
MAriela, es muy bueno este texto, pero debo decirte que no es de Lalo Mir, si bien puede haberlo leìdo en su programa, pertenece a Hernàn Casciari del libro "Mas respeto que soy tu madre" Saludos!
06/02/15 | 21:06: César dice:
Mariela, vuelvo a insistir porque escribes bien, por favor analiza mis prouestas en mi blog Cultura Productiva Améica www.cesarsauan.blogspot.com si te gusta súmate o al menos difunde, es bueno para todos. Gracias. Buen fin de semana
14/11/14 | 13:39: MONISU dice:
toda tu escritura es pura realidad, animo, emociones, sentimientos, etc. etc. son motores de vida. no se si soy un ser de luz, pero las luciernagas que me acompañan cada noche dentro de mi alma la iluminan y tambien lo hacen con mi corazon. mi vida necesita mucha luz. cariños.
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Bienvenido/a
Este es un espacio donde las palabras surgen del corazón...
frases, poemas, estados de animo, emociones, sentimientos....
Muchas de ellas llegaron a mis manos, a lo largo de varios años, en momentos que realmente las necesitaba, enviadas por seres de luz.
Un gracias enorme a los amigos cibernautas que, a pesar de que yo no contestaba nunca los mail, no dejaron de iluminar mi alma con frases, chistes, textos.
Este blog intenta ser un tierno homenaje a ellos y mi humilde granito de arena para que tu alma brille un poquito más el día de hoy
MARIELA

PD: GRACIAS POR LOS COMENTARIOS Y CORRECCIONES. NO CONTESTO PORQUE NO SE COMO HACERLO ASI QUE MIL DISCULPAS.
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SALUD MENTAL (Mariela)



La secretaria, muy seria y algo apática, le tomó los datos y le dijo que espere que la llamen. La espera en el banco de madera blanca, mirando los pocos carteles pegados en la pared (seguramente eran consejos sobre salud), se hizo eterna. Era un espacio reducido. Cerca de ella había una señora y enfrente un hombre mayor. Casi no se miraban a los ojos, como si en el fondo tuvieran vergüenza de estar ahí. Miró sus zapatillas, pensó en su cabello revuelto y despeinado, su ropa grande… Se sintió pequeña, desaliñada. Se sintió niña nuevamente.

Tenía alrededor de 42 años. Vivía con sus tres hijos, dos mujercitas y un varón. Ellos eran la razón por la que estaba ahí, haciendo un gran esfuerzo por salir adelante.

Hacía solo unos meses, había logrado romper con las cadenas que la ataban a un matrimonio que intentó mantener a flote durante quince años. Fueron años donde su autoestima fue bajando en la misma proporción que su angustia y su peso fueron aumentando.

Un año había intentado hacerlo, hasta que con las últimas fuerzas lo logro. No entendía porque entonces se sentía así.

Sus pensamientos y emociones estaban desordenados desde que entró y leyó el cartel sobre la puerta: “Salud Mental”. Trataba de hilvanar las ideas que iba a decir para para demostrar que  no estaba “loca”, que  era una persona normal, que solo necesitaba llorar y dormir durante mucho tiempo, que ya no tenía fuerzas.

Detrás de la ventanilla, donde atendía la secretaria, parecía en pausa… hasta que nombraron su apellido en voz alta y se sintió expuesta, cuando más quería pasar desapercibida.

Entró al consultorio donde había un escritorio, dos sillas y tal vez una camilla, nunca fue buena para los detalles. Muchas imágenes se borraron de su mente para siempre.

El doctor era un señor más o menos de su edad, no muy alto, complexión mediana, en la parte superior de su cabeza asomaba una insipiente calvicie, serio. Apenas la miró, le hizo un gesto con la mano para que entrara y se sentara. De inmediato se  sintió decepcionada. Esperaba alguien amable, sonriente, que la mirara a los ojos y entendiera por lo que pasaba, que le diera la mano como un amigo o un abrazo fuerte que la contuviera. Pero no fue así. En su bondadoso corazón pensó que, tal vez, estaban pasando por la misma situación

·Tome asiento- le dijo casi sin mirarla- Porque está acá? – preguntó

Su mente quedó en blanco. No sabía porque estaba ahí. Solo había ido a pedir tres días porque se sentía agotada y la mandaron a consultarlo. Así que intentó explicarle que la había mandado el médico del pueblo porque no la veía bien, imaginaba que para que le den unos días de licencia laboral.

Los nervios por impresionar normal la traicionaron, y mientras hablaba, sonreía y lloraba al mismo tiempo. Le parecía una tragicomedia lo que contaba. Cada tanto, el doctor levantaba la vista o  comentaba “Aja” como para hacerle ver que estaba escuchando, aunque ella creía que sus pensamientos  estaban muy lejos de ahí.

Luego de unos minutos, tomó una carpeta de cartón blanca, igual a muchas otras que tenía sobre su escritorio (solo se diferenciaba porque tenía su nombre y su número de obra social en la tapa, con letras negras) y comenzó a tomar notas.

Acomodó sus lentes, con aire de doctor muy ocupado y cansado de escribir siempre lo mismo, escuchando casi las mismas historias, sin percibir las diferencias. Anotaba, mientras murmuraba con voz pausada y átona, “Conducta histriónica”,  “llanto fácil”, “Angustia”.. y olvidó el resto, porque ya no pudo seguirlo. Su  alma estaba estremecida.

Su pequeña mente intentaba descifrar si eso era bueno o malo en la situación en que se encontraba.

-Saque turno con el psicólogo y tome estas pastillas. Dos veces al día.

Parándose y con un “Nos vemos en un mes” le dio a entender que se  levante y se fuera.

Y ahí salió, secando las lágrimas que  pujaban por salir de sus ojos, con la garganta apretada por todo lo que hubiera querido contarle. Y ahí salió, con el dolor de ser una más de las que engrosaban su lista de problemas mentales, seguramente sería en su charla de amigos ·”una loca más”

En un auto negro, alto, grande, la esperaba su mamá. Hermosa como siempre, con sus labios rojos, que seguramente había repintado varias veces en la espera, su cabello rubio ceniza cortito y alborotado por los ruleros del día anterior, ansiosa y regalándole una sonrisa parecida a un abrazo.

Frente a ella, que  había luchado dos veces contra el cáncer y ¡le había ganado!, con una fortaleza inquebrantable, sintió que no tenía derecho a estar como estaba: abatida, sin fuerzas, desconectada del mundo.

¿Qué pasaría por su mente en esos momentos?  Sabía que cuando una mamá ve sufrir a un hijo, sufre el doble; Ella lo estaba viviendo con sus propios hijos. Así que dibujó su  mejor sonrisa y con esfuerzo por aparentar tener todo bajo control, se subió.

-Cómo te fue?- Preguntó expectante

-¡Bien, todo bien! Me dio licencia y pastillitas- Dijo, sin borrar la sonrisa

-Todo va a ir bien! – respondió, con la fe que la caracteriza.

Ya en ese punto, no pudo frenar las gotas que una a una se resbalaba por su rostro, como en un intento de enjuagar su vergüenza, aliviar su dolor y lavar la confusión en la que estaba inmersa.

Mientras su mirada se perdía en el horizonte gris de los campos, no podía dejar de pensar lo que implicaba ese certificado por un mes. No podía imaginar que esta situación se repetiría varios meses más.

¿Qué pasaría con ella, con sus alumnos, con sus hijos…? ¿Qué dirían sus jefes, sus compañeras, los padres, la gente del pueblo…?

Le venían frases como “Y si, se veía venir”,  “por eso se separó, está loca”, “pobre el marido, que aguante”, “ y  esa loca le daba clases a mi pequeño?” “Pobre los hijos…”

El llanto fluía a la par de la lluvia que se escurría por el parabrisas… Iban en silencio, las dos sumidas en sus pensamientos, pero ella sabía que, por el rabillo del ojo, su mamá la veía sufrir y sufría por dentro, por impotencia, por no saber qué hacer ni cómo iba a seguir apuntalándola. Con una mano en el volante, apoyó la otra mano sobre su rodilla y volvió a repetirle - Tranquila, todo va a estar bien.

Fue un viaje de una hora, que pareció eterno. Solo pensaba en dormir y no despertar por mucho tiempo. Tomar esa pastilla que tendría algún componente mágico que la haría  hibernar como las tortugas que habitaban en su patio; y al despertar, lentamente, entibiada por los rayos del sol de la primavera, encontrar todo como antes, como cuando sentía que no necesitaba nada más en la vida, como cuando  era feliz.

Pero ya nada sería igual. Algo había cambiado en su mente y  su alma para siempre.

Ella no podía saberlo, pero estaba terminando una etapa y comenzando otra mucho mejor…

Ella descubriría que su mente estaba sana y su alma cicatrizando. Que las personas que enfrentan grandes luchas también pasan por el pasillo de “Salud mental”

 

El rayo de sol que la despertaría se estaba gestando en el vientre de su hija mayor adolescente. Y nueve meses después del llanto, llegaría un arco iris a su vida que le ayudaría a escribir nuevos capítulos plenos de color.

 

 

Mariela– 19-5-2016


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